
Nos pasamos la vida haciendo maquetas de cosas cuyo resultado, en el mejor de los casos, no nos va a pertenecer y en el peor, nos convertirá en una mala suerte de arte y ensayo. Esbozamos amores de paso con trazos cubistas esquivando la ruina del tedio y las líneas rectas, pero el carboncillo que deja la noche emborrona el dibujo a la mañana siguiente con una resaca de amour fou. Hacemos croquis de amores imposibles con la dulzura que la mano alzada ofrece al deseo pero la utopía o la precisión de la escuadra y del compás ponen de relieve el absurdo que duele como tal, como una contrariedad. Bosquejamos amores eternos en papel de fumar y en el empeño nos dejamos las uñas para que al final todo arda desesperadamente en un destino difuminado donde el humo será lo más consistente o lo más verdadero.





