lunes 31 de marzo de 2008

LA TIMBA DE POKER (o cómo morir en medio de un guión)

Un bosquejo para que Suso haga un cortometraje y me dedique el premio

La timba de poker no se acaba hasta que alguien saca una pistola y mata al tipo que lleva sombrero. Luego cada uno cogemos lo que nos pertenece y le robamos al fiambre el reloj y los gemelos. Pobre diablo, un tramposo con mala mano.
La timba de poker no termina hasta que la palma el que lleva sombrero con una bala sustituyendo sístoles y diástoles y nos importa un carajo la sangre manchando los billetes encima del tapete ni la que corre por el reloj o los gemelos. No es la primera vez que un desahuciado me salpica un latido viscoso en un ojo cuando una bala se ha instalado en su pecho. Los demás nos aplicamos al ritual: silencio y rapiña y cada uno recoge lo suyo antes de desvalijar al cadáver del sombrero. En una cabeza descubierta no se puede esconder un as, y si lo haces y va mal siempre hay alguien dispuesto a volarte la sesera con un estornudo violento de pipa. No es la primera vez que apartamos unas ideas chamuscadas de los billetes del tapete. Una noche a Tom le aterrizó en la perilla un pedacito de cerebro que goteaba un líquido pálido sobre el pantalón. Nos miró a todos, se terminó el whisky de un sorbo y se quitó aquello metiéndoselo al cadáver en el bolsillo que antes ocupaba el reloj.

La timba de poker no termina hasta que se va por la posta el tipo que lleva sombrero porque siempre hay un cabrón con hormigas en los dedos con ganas de lustrar el gatillo con el índice para que salga un genio de plomo y mucha mala hostia dispuesto a conceder un agujero indeseado de quemazón y sangre en el cuero de algún idiota.


Paradójica foto de 1882

miércoles 26 de marzo de 2008

EL FRÍO (un ensayo)



El frío del orden alfabético se calma en tu nombre o en mis labios y chupeteo cada letra como si fueran hielos de fresa desordenados en una canción que habla de un cabaret donde las chicas tienen los ojos grandes y negros y bailan sensuales con el tiempo detenido entre los tacones y la gomina porque son bellas y saben decir adieu en la estación del tren donde el frío de la marquesina descarrila en tu sonrisa o en mi corazón que late deprisa como los días alegres de los amantes incapaces de retener los instantes porque la pasión es insobornable y ellos torpes y posesivos que se peinan con taquicardias y suspiran con Les fleurs du mal en las noches cuando el frío del silencio se calla en tus ojos o en mis manos que buscan y acarician como ladrones en celo reteniendo la respiración para que no los pillen antes de correr entre risas con el botín al hombro por las calles de Montparnasse hasta la buhardilla donde el frío del invierno se derrite como un carámbano del pasado en tus gestos o en mis manías que son un atajo por donde llegar antes al calor de tus palabras.

sábado 8 de marzo de 2008

RADICALES LIBRES II (la contraportada del viernes)

Juan José Millás

Cuando yo era niño, lo mejor que me podía pasar era que llegara el viernes porque se acababa el colegio. Lo segundo mejor era agarrar una gripe para no ir al colegio, y lo peor era el domingo porque era el preludio de la vuelta al colegio. Ahora, por motivos bien diferentes, lo mejor sigue siendo que llegue el viernes, y uno de esos motivos se llama Juan José Millás: mi terapia en una columna que tiene cuerpo de insecto de tres estrofas, un bálsamo de palabras con olor a sandía para unas pupilas cansadas de casi todo. Juanjo Millás (disimuladme la familiaridad) es a la semana lo que un edredón al invierno: sin él la intemperie de la actualidad es jodidamente correosa. Entre otras cosas porque escribe con bisturí, diseccionando, unas veces las marcianadas de Manuel Fraga y otras, siendo la sombra por un día de un cantante, o tuteando al Papa de ateo a ateo.
A veces me siento en la columna vertebral del viernes, como un Simeón de Buñuel, después de escalarla de arriba abajo y de izquierda a
derecha, y ese instante de felicidad está garantizado.