La timba de poker no se acaba hasta que alguien saca una pistola y mata al tipo que lleva sombrero. Luego cada uno cogemos lo que nos pertenece y le robamos al fiambre el reloj y los gemelos. Pobre diablo, un tramposo con mala mano.
La timba de poker no termina hasta que la palma el que lleva sombrero con una bala sustituyendo sístoles y diástoles y nos importa un carajo la sangre manchando los billetes encima del tapete ni la que corre por el reloj o los gemelos. No es la primera vez que un desahuciado me salpica un latido viscoso en un ojo cuando una bala se ha instalado en su pecho. Los demás nos aplicamos al ritual: silencio y rapiña y cada uno recoge lo suyo antes de desvalijar al cadáver del sombrero. En una cabeza descubierta no se puede esconder un as, y si lo haces y va mal siempre hay alguien dispuesto a volarte la sesera con un estornudo violento de pipa. No es la primera vez que apartamos unas ideas chamuscadas de los billetes del tapete. Una noche a Tom le aterrizó en la perilla un pedacito de cerebro que goteaba un líquido pálido sobre el pantalón. Nos miró a todos, se terminó el whisky de un sorbo y se quitó aquello metiéndoselo al cadáver en el bolsillo que antes ocupaba el reloj.
La timba de poker no termina hasta que se va por la posta el tipo que lleva sombrero porque siempre hay un cabrón con hormigas en los dedos con ganas de lustrar el gatillo con el índice para que salga un genio de plomo y mucha mala hostia dispuesto a conceder un agujero indeseado de quemazón y sangre en el cuero de algún idiota.
Paradójica foto de 1882



