
No sé quién dijo una vez “Dios creó al gato para que pudiéramos acariciar al tigre”. Tenía razón
Él, que siempre había programado minuciosamente su vida con meses de antelación, se veía abocado sin levantar el pie del acelerador (...) mientras sostenía el volante con una mano y aflojaba la corbata con la otra, a preguntarse por qué en los clubs de carretera el reclamo de neón era, a veces, un corazón intermitente. Ra

No sé quién dijo una vez “Dios creó al gato para que pudiéramos acariciar al tigre”. Tenía razón
Interior día. El nuncio (Monteronni) se acerca al Presidente (Don Luiggi) con un recado del capo de la familia Vaticani (Don Bene).
Monteronni: Don Luiggi, tenemos que hablar. Don Bene está muy disgustado con las acusaciones que se han vertido sobre nuestra familia y exige una rectificación pública y una compensación, o de lo conttrario…
Don Luiggi: Alto, Monteronni, ¿te presentas en mi fiesta, en mi casa, y te atreves a amenazarme?
Monteronni: No, Don Luiggi, jamás haría algo así. Sólo le estoy presentando nuestro malestar, con todos mis respetos…
Don Luiggi: Vuestro malestar ¿eh? Veamos. Los Vaticani y los Pesoeggli hemos tenido siempre una relación cordial ¿no es verdad? Una relación que empezó hace treinta años ¿me equivoco? Treinta años en los que no habéis hecho nada por progresar porque ahí estábamos los Pesoeggli, tragándonos vuestros problemas y diciendo amén a vuestras exigencias… pero los tiempos han cambiado Monteronni, el mercadeo de almas no es lo que era y la política tampoco. Nuestros clientes demandan modernidad, humildad, otra mercancía, y no podemos pillarnos los dedos haciendo negocios con gente turbia como los Vaticani
Monteronni: ¡Don Luiggi, insisto…!
Don Luiggi: No, amico, tú no insistes, y no vuelvas a interrumpirme, prego. Lleváis, decía, treinta años jugando con fuego y nosotros hemos evitado que os quemarais. Os hemos ayudado económicamente y ¿cómo nos lo pagáis?
Monteronni no aparta los ojos de la mirada de Don Luiggi, algo que al capo le molesta un poco.
Don Luiggi: Amigo Monteronni, si no fuera porque sé que eres un pánfilo y un cobarde pensaría que deseas matarme con tus propias manos
Monteronni: Disculpe mi nerviosismo, Don Luiggi, pero es que se nos va de las manos, todo el poder de mi familia se desmorona y usted es el único que puede ayudarnos
Don Luiggi: ¿Ah sí, Monteronni? ¿y por qué os habéis entrevistado a mis espaldas estos últimos cuatro años con los Pepenzzo, primero con Don Giuseppe y ahora con Don Marianello? Dime, júrame Monteronni, que no habéis llegado a acuerdos que van en contra de los intereses de mi familia
Monteronni: Por favor Don Luiggi, no hemos pactado nada con los Pepenzzo, ni siquiera nos vemos…
Don Luiggi: ¡No insultes mi inteligencia, mi sudoroso amigo, y júramelo!
Monteronni: Insisto, Don Luiggi, nosotros no…
Don Luiggi (visiblemente cabreado): ¡Tú no insistes, gusano! Y te voy a decir algo más. Si en lugar de llevar estos cuatro años buscando la manera de acabar con mi familia, insultando el buen nombre de los Pesoeggli, haciendo una campaña, oscura como la piel de las ratas, de difamación, coqueteando entre pacto y pacto a ver quién se reparte el pastel del poder que yo represento, con Don Marianello, con Don Piero J., con Don Federicco Santinni y la familia Copeggi y toda clase de fascios… si en vez de eso os hubierais dejado asesorar, si hubierais prestado los oídos a los argumentos del siglo veintiuno… no estaríais tan con el agua al cuello y tú no estarías arrastrándote como una inmunda y vil culebra, gimoteando en mis zapatos
Monteronni: Ya veo que no quiere entrar en razón, pero usted no tiene la última palabra. Aún no conoce a Don Bene, no sabe de lo que es capaz la familia Vaticani
Don Luiggi: Shhhh, cállate, per favore. Sé quién es el carcamal de tu jefe y sé de qué sois capaces los cornudos de los Vaticani. Cállate por respeto a mi casa y a los míos. Nuestras familias no van a volver a colaborar, nunca. ¿Queréis guerra? No sería la primera vez que os aliáis con el fascio en cuerpo y espíritu en una guerra ¿verdad? Y hasta eso os hemos perdonado
Don Luiggi llama a su consegliere (Giuseppe Bianco).
Don Luiggi: Giuseppe, acompaña a Monteronni a la puerta o a donde no pueda verlo
El consegliere vuelve al despacho de Don Luiggi.
Giuseppe: ¿Quiere que me ocupe de él, Padrino?
Don Luiggi: No, Giuseppe, de momento vamos a dejarlo. Habla mucho y amenaza, pero estará una temporada sin molestarnos. Además, su familia aún es poderosa y no debemos enfrentarnos abiertamente con ella… todavía, eso podría crearnos más enemigos. No, consegliere, aún no, aún no.
Fin de escena