jueves 31 de enero de 2008

SANTIAGO ZONA AZUL




Madame-ciudad que mojas cuando besas

Cuna de otoño y aguacero

Monja de clausura con liguero

Orfanato de yonquis y princesas.

Casa de citas y desplantes

Cruce de caminos despistados

Muelle de atraque de los bardos

Ambulatorio de devotos y ambulantes.


Doncella de abolengo muy dudoso

Reina de copas y arrumacos

Cárcel de miel y oro para Baco

Compost de estrellas ebrias en remojo.

Destilería de piedra y estudiantes

Patio de borrachos y vecindonas

Recreo de tunantes y busconas

Destino peregrino de emigrantes.

Plaza de abastos con olor portuario

Ermita para ateos y otros fieles

Templo tomado por los mercaderes

Sor presa de moho penitenciario.

Botafumeiro con piedra de costo

Barco de vela con telas de araña

Almohada para rimel y legañas

Fiesta juliana, súbdita de agosto.

Priscila en una tumba sacrosanta

Cuaderno de bitácora sin nuevas

Reducto de las noches duermevela

Armario de sotanas poco santas.

Confesionario de pecados geniales

Coto de caza de meigas y refranes

Burdel de amantes y rufianes

Clara de noche, dama de los soportales.

Herida, cardenal, hostias y opuestos

Huesos de santa de los croques

Perrita sin el rabo de un tal Roque

Alumna de una luna cuentacuentos.

viernes 25 de enero de 2008

RADICALES LIBRES I (perdón por la tristeza)



Ángel González

“Ningún hombre sabe qué pasado le espera”


Ángel, tocayo y hundido, mi Ángel González de la guarda,

Ángel “Prosemas o menos”.

Nací un viernes y vuelvo a morir un viernes.

Conocí la poesía de Ángel hace mil años

de mano de una chica muy guapa, un día

que ella quería llevarme a su cama,

el mismo día que yo había perdido

las llaves de mi casa.

Nací en enero y vuelvo a morir en enero.

El año en que yo nací, él se iba a los EE.UU.

a trabajar, a escribir, a respirar, a olvidar,

a evitar el hedor del precadáver de Franco.

Ángel de alas rotas, ángel y no tanto,

Ángel huérfano de Ángel.

También a mí se me sube el alcohol a los pies

y a la entrepierna las altas pasiones

y a la cabeza las bajas voluntarias de la razón

y profeso un ateísmo sin boquilla,

una existencia fraguada en las palabras

y un pesimismo silencioso e histórico

que me grita desde un espejo en ruinas.


11 de enero en un rincón cualquiera