
Hace mil domingos fui a ver una película a la sala 3 de unos multicines que quedaban en la otra punta de la ciudad. No recuerdo qué película era, sólo sé que era intensa, conmovedora; una película, en fin, que te agarra por el cuello y tu única salvación son unas lágrimas que arden al salir, o un dolor de garganta por evitar esas lágrimas. O tal vez yo, sólo, estaba con las defensas bajas.
Cuando se encendieron las luces tras la proyección, en la fila justo delante de la mía se levantó una rubia que se giró, como quien se gira para buscar a nadie en particular, que estaba llorando. Era hermosa, con una belleza de esas que se ancla a tus ojos y no puedes mirar en otra dirección. Una belleza con campo gravitatorio propio que tira de tus sentidos con fuerza y tú, a la fuerza, te quedas sin sentido. Lloraba con un pañuelo arrugado y lleno de mocos y lágrimas en una mano y con los ojos claros y empapados mirando para el fondo de la sala, y fue precisamente todo eso lo que atrajo toda mi atención: una hermosa rubia llorando por un final triste.
Salió con sus colegas y yo me quedé mirando los últimos créditos tragando saliva para calmar el dolor de garganta.
Desde entonces voy cada domingo al cine con la única intención de encontrarme con la rubia que lloraba.
No he vuelto a verla y esas multisalas han cerrado.
2 comentarios:
la habrá consolado otro gorila, es lo que tienen las bellas.
por cierto la señorita lange en aquella época es uno de los mayores espectáculos que cualquier bestia puede echarse a los ojos.
sigue escribiendo por favor.
si hubieras vuelto a ver a la bella rubia que lloraba, no hubieras escrito acerca de aquello.
son esas cosas que parecen ocurrir expresamente para habitar en un hermoso rincón de la memoria: la memoria poética, diría Milan Kundera. (Seguro que hasta la quieres un poco, aun sin conocerla, con el cariño de quien recibe un regalo por sorpresa).
pd. la redacción de utopía ya se va relajando. gracias por sus ánimos.
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